Siempre que esperamos que las cosas mejoren o al menos no empeoren más, recurrimos a una frase que como salvavidas nos mantiene a flote y mágicamente nos da fuerza para seguir intentando: “la esperanza muere al último”.
A esta expectativa de vida que le damos a la esperanza, pareciera que la sobrepoblación de pesimistas se uniera para tratar de reducirla a cero, aprovechando cada ocasión para quitarle la esperanza a quien se deje.
También hay quien, tal vez sin querer, de a poco la van perdiendo y sin darse cuenta, se unen a ese desesperado ejército. Otras personas la pierden de golpe. Al instante. Tal vez literalmente por la violencia e inseguridad.

¿Aún queda esperanza?
Hay para quienes la esperanza es sólo una palabra. También hay a quien se le olvida para qué sirve y existen las personas egoístas que dan ninguna esperanza. O el pobre -sobre todo de espíritu- que tiene poca o definitivamente no tiene. Y los peores, quienes andan por ahí matando o robando esperanza a los demás.
¿La esperanza se consume?
Para mantener viva a la esperanza, que nunca falte y evitar así su extinción, porqué no considerarla como un producto de primera necesidad que se pudiera conseguir en cualquier tienda se autoservicio o tienditas de la esquina. Por sus místicas cualidades seguramente la emplearíamos como una especie de remedio milagroso.
Cómo producir y distribuir esperanzas
Basándonos en nuestra capacidad de creer, entendiendo este acto de fe como mera realidad virtual, la esperanza se genera con buenas intenciones y un poco de fibra textil del nuevo traje del Rey. No tiene fecha de caducidad, ya que en sí ella misma actúa como conservador. Su efecto depende de las condiciones de cada persona y varía de acuerdo al clima (social, político, económico, familiar).
Podría envasarse en frascos de 100 mililitros (lo bueno, si es breve, es dos veces bueno). Para abastecer al mercado de los esperanzados estaría disponible de manera gratuita en todas partes. Estaría prohibida su venta para evitar así la piratería y debería haber penalidades para quienes ofrezcan falsas esperanzas. La dosis será la que la vida le indique; quien no tenga esperanzas, por ejemplo, un frasco entero. Si usted en cambio, tiene algo de esperanza, una cucharada será suficiente. Si no obtuviera resultados favorables o piensa usted que no necesita tener esperanza, consulte a su terapeuta.