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Columna: Hay que escuchar bien lo que la gente dice

Escuchar. Parar oreja, porque cuando menos lo pienses, se nos revelarán esos momentos que se hacen parte de nuestra historia y que valen la pena recordar.

Una fría nochebuena de hace ya algunos ayeres, mientras esperaba el camión que me acercara a casa, el número de personas que estaba conmigo en la parada iba disminuyendo con cada unidad que pasaba con ruta distinta.

Se acercó un hombre y saludó a los pocos que quedábamos, se recargó en el parabus y nos regaló una sonrisa y una mirada, como tratando de reconocer en nosotros a algún conocido. Saca una caja de cigarros y los acomoda de una forma en que se puedan tomar fácilmente y con un gesto nos ofreció uno.

No, gracias, le dije. Toma uno él y mientras guarda la cajetilla voltea hacia un jovencito que temblaba de frío y tenía las manos en los bolsillos.

Él le dice: ¿Qué edad tienes?, él le contesta que 17. Entonces, muy serio le dice: “Te voy a decir la verdad…”, en ese momento me pareció que el mundo se detuvo, sentí que me crecieron las orejas, sentía que todo pasaba en cámara lenta, más lenta que la forma en que puso su cigarro en su boca y lo encendió.

Me pareció una eternidad y en mi cabeza pulsaba la idea de que en ese momento y justamente en nochebuena, me enteraría de la VERDAD. Sopla, apaga y tira el cerillo a la banqueta para después de una gran bocanada y hacer una larga pausa decirle: “¡Estás bien morro!”.

Justo en ese momento llegó su transporte y sin más, lo aborda y se va. Qué esperaba yo que diría además de esa evidente realidad, ¡sí, era un morro! Esta anécdota por alguna razón la recuero y la cuento como algo mágico. Aquel hombre no prometió otra cosa más que decir la verdad.

Hay que escuchar bien lo que la gente dice. Esa frase por sí misma está cargada de sabiduría. Escuchar bien. Para identificar la intención, pues a veces por decir una cosa se dice otra o por querer salvar una situación, se empeora.

Como el “teléfono descompuesto”, donde una persona le comenta a otra: “Y como es de imaginarse, el tipo al no tener bases de lo que decía, no tuvo más remedio que guardar silencio…”, luego esta persona le cuenta a otra: “Y claro, cae más rápido un hablador que un cojo…” y esta última lo pasa a una más diciendo: “Imagínate cómo hablará el cojo ese, ¡que se tropieza con sus palabrotas!”.

No siempre lo que se quiere decir es lo que se escucha y muchas veces lo que se escucha no es lo que se dijo y eso genera confusión, duda y a veces hasta risa.

Por ejemplo, he escuchado decir que todo va “viento en pompa”, cuando es claro que se quiere decir que todo va bien, que el viento está a su favor (viento en popa) y no que hay un problema.

También he escuchado la frase: “Voy a hablar en voz alta”, en vez de decir que se está pensando en voz alta para decir que va a expresar en palabras sus pensamientos, no que empezará a gritar sus ideas. Escuchar para entender lo que se quiere decir. Cuántas veces repetimos y parafraseamos para confirmar lo que la otra persona dijo y nos contesta: “por eso” o “y qué dije” o “eso dije”. Como sea.

Escuchar. Parar oreja, porque cuando menos lo pienses, se nos revelarán esos momentos que se hacen parte de nuestra historia y que valen la pena recordar y contar para que formen parte de otras historias que a alguien más le tocará escuchar.

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