El 11 de septiembre de 2001 no solo paralizó a Estados Unidos. A unos 2,600 kilómetros del World Trade Center, sus efectos se sintieron de inmediato en la frontera con México.
En San Ysidro, California, miles de personas quedaron atrapadas en largas filas para ingresar a Estados Unidos y las esperas llegaron hasta las seis horas. Lo que antes podía ser un cruce rutinario se convirtió, de un momento a otro, en un proceso mucho más lento y vigilado.
Esto se dio debido a que las autoridades elevaron las medidas de seguridad después de los atentados y los agentes de inmigración y aduanas comenzaron a realizar inspecciones y cuestionarios mucho más exhaustivos.
En otras partes de la frontera ocurrió algo similar: en el cruce entre Ciudad Juárez y El Paso, el tiempo promedio pasó de unos 45 minutos a tres horas durante las semanas posteriores al ataque.
En Tijuana, mientras tanto, negocios locales reportaron fuertes pérdidas por la caída de visitantes estadounidenses.
¿Cómo cambió la frontera aquella espera de seis horas?
Aunque las filas más extremas fueron disminuyendo con el tiempo, el episodio marcó un antes y un después para las comunidades fronterizas.
El mayor control sobre quién entraba a Estados Unidos y por qué lo hacía convirtió las esperas en una parte habitual de la vida de millones de personas que cruzan entre ambos países diariamente.
Según expertos, estas medidas también afectaron a comunidades históricamente conectadas a ambos lados de la frontera.
Después del 9/11, la inmigración comenzó a estar cada vez más vinculada con la seguridad nacional, aumentaron los recursos destinados a vigilar la frontera y posteriormente se construyeron cientos de millas de barreras.
En 2002 también nació el Departamento de Seguridad Nacional, que reunió a 22 agencias federales. Así, aquellas horas de espera tras los atentados fueron solo el comienzo de una transformación que todavía define cómo se cruza la frontera entre México y Estados Unidos.