Era la madrugada del 6 de diciembre de 1952, cuando Juan Zárate, un joven reciente llegado a Tijuana, bajó de un autobús frente al panteón número uno. Allí su vida dio un giro espeluznante, al encontrarse con una mujer vestida de blanco. Ella con su pelo rizado y una rosa en el pecho, le pidió que la acompañara a su casa. Juan, al ser caballeroso, accedió. Caminaron un rato hasta llegar a la reja cerrada del cementerio, Juan se distrajo un instante y al levantar la vista, la mujer estaba dentro del panteón.