Cuando se encienden las luces navideñas, algo cambia en nuestro estado de ánimo y no es casualidad. Las luces cálidas y parpadeantes estimulan el sistema límbico del cerebro, responsable de las emociones, evocando sensaciones de calma y bienestar.
Sus tonos amarillos y rojizos recuerdan al fuego, un elemento ancestral que despierta recuerdos de la infancia y favorece la liberación de dopamina, la hormona de la felicidad.