Cada 31 de octubre, millones de niños salen disfrazados a pedir dulces con la famosa frase “¿Dulce o truco?”.
Pero esta tradición tiene raíces mucho más antiguas, vinculadas con la festividad celta de Samhain, cuando se creía que los espíritus podían cruzar al mundo de los vivos. Para protegerse o apaciguarlos, algunas comunidades dejaban comida afuera de sus hogares y utilizaban máscaras.
Siglos después, en la Europa medieval, surgió la práctica del Souling, en la que personas y niños pedían pequeños panes conocidos como “pasteles de alma” a cambio de rezar por los difuntos. Con el tiempo, estas costumbres evolucionaron hasta convertirse en parte de Halloween.













