El 1 de noviembre de 1755, un terremoto de gran magnitud sacudió Lisboa, Portugal, mientras miles de personas celebraban el Día de Todos los Santos en las iglesias. El sismo destruyó edificios y dejó a miles de personas atrapadas entre los escombros. Pero lo peor aún estaba por venir: los incendios provocados por las velas derribadas consumieron gran parte de la ciudad durante varios días, mientras un tsunami con olas de más de 12 metros inundaba las zonas cercanas al río Tajo. La tragedia también provocó un debate sobre la religión y el papel de Dios ante los desastres, con pensadores como Voltaire cuestionando las creencias de la época.