Reducir los carbohidratos, y no las grasas, podría ser la clave para mantener un peso saludable en las mujeres, según evidencia científica reciente. Investigaciones confirman que una dieta baja en azúcares y harinas resulta más eficaz para controlar el apetito, mejorar el bienestar general y favorecer una pérdida de peso más sostenida, en comparación con los planes que priorizan eliminar grasas.
Esto indica el estudio con respecto al consumo de carbohidratos y grasas
De acuerdo con un estudio publicado en Frontiers, limitar panes, productos azucarados y frutas muy dulces impacta directamente en el cerebro, reduciendo el llamado “hambre por placer”. Este cambio metabólico disminuye la ansiedad visual frente a la comida, evita los episodios de ingesta por aburrimiento y genera una sensación de saciedad prolongada, gracias a un mejor control del azúcar y la insulina en la sangre.
Los resultados físicos también son contundentes. Las mujeres que siguieron una dieta baja en carbohidratos perdieron en promedio 10.2 kilogramos en ocho semanas, frente a los 7.4 kilogramos registrados en quienes optaron por una dieta baja en grasas. Esta diferencia se explica por una quema más eficiente de reservas corporales, al mantenerse estables los niveles de insulina.
En contraste, reducir drásticamente las grasas suele aumentar el hambre y la frustración, obligando a depender únicamente de la fuerza de voluntad. Expertos advierten que este enfoque genera cansancio mental, deseo persistente por la comida y abandono del plan.
Organismos como la American Heart Association y los CDC coinciden en que el éxito a largo plazo depende de hábitos sostenibles: actividad física regular, buen descanso, manejo del estrés y apoyo social. En este contexto, una dieta baja en carbohidratos, combinada con un estilo de vida saludable, se perfila como una estrategia más amable y realista para cuidar la salud física y mental.
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