Se conoce como la teoría de la proporción del tiempo. Cuando eres niño, un año representa una gran parte de tu vida, pero mientras creces ese mismo año se vuelve una fracción cada vez más pequeña. Por eso, el tiempo se percibe más corto. A esto se suma otro factor clave: la rutina. Cuando todo es nuevo el cerebro registra más recuerdos, pero en la vida adulta los días se vuelven repetitivos y el cerebro guarda menos información. ¿El resultado? El tiempo parece irse en un abrir y cerrar de ojos. Además, la llamada Ley de Weber explica que percibimos los cambios en relación con lo que ya hemos vivido, haciendo que cada año se sienta más breve.