Durante la madrugada del 28 de julio de 1957, la Ciudad de México fue sorprendida por uno de los terremotos más recordados de su historia. Con una magnitud estimada de 7.8, el movimiento provocó graves daños en distintas zonas de la capital y causó la caída de la escultura del Ángel de la Independencia, que terminó estrellándose contra el suelo.