Lo que quedó tras el colapso de las Torres Gemelas no fue solo una ciudad cubierta de escombros. Una enorme nube de polvo se extendió por los alrededores del World Trade Center y expuso a miles de personas a una mezcla de partículas tóxicas cuyos efectos continúan décadas después.
El polvo contenía concreto pulverizado y sustancias como plomo y mercurio provenientes de computadoras y bombillas de los edificios, además de posibles restos de asbesto. Bomberos, policías, trabajadores de rescate, construcción y limpieza, así como residentes de la zona, estuvieron entre las personas expuestas.
¿Cómo sigue afectando el polvo a los sobrevivientes 25 años después?
Las consecuencias aparecieron con el paso de los años. Entre los problemas de salud relacionados con aquella exposición se encuentran el asma, la sinusitis y otros trastornos respiratorios, además de padecimientos musculares e intestinales.
Uno de los daños más graves es la fibrosis intersticial, una enfermedad que provoca cicatrices en los pulmones y reduce progresivamente su capacidad para intercambiar oxígeno y dióxido de carbono. El doctor John Howard, del Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional de Estados Unidos, señaló que es plausible que algunas personas mueran a causa de enfermedades relacionadas con la exposición al polvo.
El Programa de Salud del World Trade Center fue creado por el gobierno estadounidense para dar seguimiento a quienes estuvieron expuestos. Sus registros muestran que decenas de miles de personas han sido consideradas en riesgo y que miles han recibido atención médica por enfermedades relacionadas con el 11-S.
Pero el impacto no terminó con las labores de rescate. El propio programa reconoce que muchas de las enfermedades físicas y mentales asociadas con la exposición pueden ser permanentes y que continúan apareciendo nuevos pacientes que nunca habían sido evaluados.
A 25 años de los atentados, el polvo que cubrió Manhattan sigue formando parte de la historia de quienes estuvieron allí. Para muchos sobrevivientes, el 11-S no terminó cuando las torres cayeron: sus consecuencias continúan en sus pulmones y en enfermedades que pueden acompañarlos durante toda la vida.